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Rosario, marzo de 2018
A los padres y las familias de nuestros alumnos
Me llamo Angel. Me dicen “Chosqui”, y pueden llamarme así. Tengo 57 años. A fines de enero he llegado a esta, mi nueva casa. Y ya comenzaron las clases. Nuestros alumnos son muchos. Y detrás de cada uno de ellos hay un hogar, una familia. Como Padre Director les escribo esta carta y espero la reciban como una manera simbólica de “entrar a sus casas”, de tratar de iniciar un contacto que considero muy importante. Y lo hago porque siento la necesidad de compartir con ustedes algunos de los sentimientos y convicciones con que inicio mi servicio en este colegio, al que ya considero “mi querido colegio San José”. En los últimos años he trabajado en la Residencia Universitaria que los salesianos tenemos en Córdoba. También he dedicado tiempo al “Boletín Salesiano” y a tareas de comunicación social.
Les confieso que me siento feliz. Hace unos meses, el Padre Inspector me dijo: “estamos pensando en vos para la dirección del San José”. Apenas lo escuché me quedé calladito, creo que sorprendido, pero enseguida dije que aceptaba. Y durante este último tiempo fui masticando lo que significaba el cambio, soñando muchas cosas, perdiendo el sueño también en algún momento, hasta que llegó el día en que iniciamos las clases. Se lo dije a los alumnos: había aguardado con ansias la llegada de ese momento. Y debo reconocer que me siento contento. Confío en Dios; cuento con una hermosa comunidad de salesianos; la casa tiene un valioso plantel de colaboradores y directivos que aman a Don Bosco. Y sobre todo, la presencia, la vida, las ganas de crecer de nuestros alumnos que son sus hijos. Me apasiona la vida y la misión salesiana. Aún con todos mis límites, reconozco que Dios es el que sostiene. No elige a los más capaces, pero capacita a los que elige.
Don Bosco imitó un rasgo muy particular de Jesús de Nazareth. El de Buen Pastor. El pastor que cuida de las ovejas. Deseamos vivir también nosotros ese apasionamiento con que Don Bosco educó, evangelizó y asistió socialmente. Dije antes que me siento feliz. Y no es que falten problemas. Se dice que “no hay rosa sin espinas…” pero -como Don Bosco- queremos ser de aquellos que aceptan las espinas porque la rosa de que se trata es bella, grande, y valiosa.
Mirando a José de Nazareth. Cuando mi superior me destina al “San José” lo primero que hice fue pensar en él, en San José. El esposo de María, el padre adoptivo de Jesús, el carpintero. Hay dos aspectos de su figura que me impresionan fuertemente. En primer lugar, el cuidado que él supo tener con respecto a María y a Jesús. Porque el que ama a los suyos, los cuida. Todos necesitamos ser cuidados y muchos tenemos también la responsabilidad de cuidar. Y cuidar de modo especial al más indefenso, al que se siente solo, al que enfrenta una prueba. Por eso, asumiendo este servicio, soy conciente de que se me confía el cuidado de esta casa. Y lo más valioso de esta casa no está ni en las paredes, ni en las herramientas, sino en las personas. En segundo lugar, su dedicación al trabajo. En Rosario y en muchas otras partes, se sabe que el San José es un lugar de intenso trabajo; y donde a la vez se prepara muy bien a los chicos para el trabajo. Por eso siento el compromiso de subrayar ante los alumnos el valor del esfuerzo, la necesidad del sacrificio. La comodidad puede proporcionar unas horas o hasta días enteros de “tranquilidad”, pero es algo que contamina su presente e hipoteca su futuro.
La necesidad de una alianza. Quiero destacar algo que para ustedes no es novedad y es muy importante: familia y escuela han de conformar una alianza por el bien de los chicos. Nos necesitamos mutuamente. Por algo Don Bosco quería que al colegio los chicos lo sientan “casa”. Por algo los primeros educadores son papá y mamá. Por ello reitero el llamado a que nos ayudemos. Para eso, hemos de poner claridad, respeto y apertura. Y en el centro están los chicos. Es el mayor bien posible para ellos lo que hemos de procurar.
Estamos en contacto. Periódicamente les escribiré. En general todos saben dónde ubicarme. Para los que acceden a internet, les anoto mi dirección de mail: aamaya@donbosco.org.ar ; o pueden comunicarse por medio de sus hijos. (La experiencia en otro colegio me dice que algunos son mejores “carteros” que otros). Les comento una cosa: todos los días, de 9 a 9.30, los salesianos de la comunidad tenemos la oración de la mañana. Si me trasmiten alguna necesidad o intención en particular por la cual rezar, la tendremos presente. Igualmente cada día está la Misa. Y por la noche, concluyo el día rezando el Rosario a la Virgen; esa es otra ocasión para interceder por los demás.
Si de algo estoy convencido es de que nos necesitamos unos a otros. Cada escuela y también cada hogar tiene sus más y sus menos, sus grandes satisfacciones pero también sus crisis. Soy conciente de que todas las copias de esta carta son idénticas, pero también tengo claro que el hogar a la que cada copia llega es “único”. Sólo Dios y ustedes, en sus respectivos hogares, saben lo que viven, lo que los hace felices como también lo que los pone a prueba.
Finalizo mi carta. Gracias de corazón por el tiempo que dediquen para leerla. Los invito a que la compartan, si desean, también con los demás familiares (abuelos, padrinos, tíos).
Desde esta casa de Don Bosco invoco sobre ustedes la bendición de Dios. Y -en el caso de quienes no son creyentes- les expreso mi deseo de que vivan siempre intensamente la vida, entregando siempre lo mejor de ustedes mismos en la construcción de su hogar. Fraternalmente,
P. ANGEL AMAYA
Padre Director
